Me subo a la camioneta para hacer los casi 10 kilómetros . Tengo que instalarle una alarma a ese tipo. El día está gris y cae una llovizna fría, pero es otra cosa lo que me molesta. Ella, pidiéndome cosas, favores. Qué caradura sos, a veces, Maggie. Dijiste "Gary, acordate de traerme jabón", lo dijiste justo antes de que cerrara la puerta. Qué caradura, vos que no movés un dedo, haragana, que apenas levantada tus labios tenían aliento a sopa de verduras de hace una semana. Aunque quizás esté irritado por cualquier otro motivo. Me hacen ir hasta allá, espero que lo paguen bien.
Esto va cada vez peor, siempre inventan algo nuevo con lo que sacarte plata de acá y de allá. Los que están en la madera se cagan de hambre y si no estás en la madera da lo mismo. Ni un hueco donde caerte muerto. Espero que esto me lo paguen bien, encima de que me gasto un kilo en nafta.
Chuck me habló de ese tipo, fue con él al secundario. No le habló más que un par de veces, mejor para él, no vaya a ser que terminara así también. Dijo tantas cosas que no sé, porque Chuck es bastante mentiroso. Contó que el padre era alcohólico y que la madre era una masoquista reprimida. El chico alguna vez se habrá visto proyectado, atendiendo un almacén pueblero, y eso le afectó, y eso lo sacó de todo. Chuck se acordaba de cuando eran adolescentes y al otro le pegaban, los muchachos, le pegaban y él nada, se desquitaba de otra forma, no con ellos, sino con todos: grafiteaba idioteces por ahí y se hacía amigos homosexuales. Sí, semejante proyección le movió toda la estructura. Y encima el Ritalin desde chico, ni 10 años tenía cuando algún sádico se lo recetó. "Sádico o benefactor", dudó Chuck. Los genes de la madre por ahí andaban rondando, mujer que una vez separada del alcohólico se consiguió otro para que la fajara. Y el pibe meta Ritalin, como flotando en una pileta de euforia hasta que le pincharon la burbuja y se vio ahí, sin familia, se encontró con que lo condenaban a Aberdeen. Casas apiladas y ridículas. Yo estuve de paso no más que unos días en ese aserradero, puedo asegurar que se me congelaban los huesos. Chuck nació en Aberdeen, no pudo haber nacido en otra parte. Él me dijo "vos pensás así porque estuviste unos pocos días". Está bien, pero el pibe de repente estuvo ahí, ya estaba de antes, sólo que ahora estaba en conciencia y probablemente en ese momento tuvo la visión de almacenero y todo se le echó a perder. Tal vez quiso demasiado, no entendió las cosas. Igual terminó como los demás, ahí está, me dijo Chuck, entra y sale de la clínica de rehabilitación, casado con otra loca, como extrañando a su madre, podrido y pudriéndose como su padre. El tipo se la pasa ganando y derrochando una plata que yo en mi vida podría juntar, no sé, quizá se olvidó de dónde salió, somos todos un enjambre de miseria. Y él ahora tiene miseria en la sangre.
Y creo que me pasé, por pensar en pelotudeces. Tenía que agarrar por esa callecita. Ah, no, ahí está. Tanta queja, tanto dolor, y mirá: una casa en este lugar hermoso, el lago ahí nomás, el bosque a cien pasos. Dejame vivir así, aunque sea en una pieza o nada más alquilame una cama, y ni sueñes que me ponga a llorar. Hay cada uno. Chuck tiene razón al menos en eso, pero él también empezó, el origen lo traiciona, me habla con un olor a whisky barato y su mirada se pierde y le pega a Linda. Parece un chiste. Ya casi estoy. Es ahí. Dos pisos, cochera. Qué linda casa, sencilla. Espero que me paguen bien ésta. Me bajo de la camioneta, agarro las cosas y toco el timbre. Nadie. Toco otra vez. Nadie. Varias veces más y lo mismo. Voy para la puerta de atrás. Está cerrada, pero algo se ve. La sala está desordenada y hay un maniquí tirado en el suelo. Más allá una escopeta. De la oreja del maniquí sale sangre.
Me voy, tropiezo con una piedra, subo a la camioneta, reflexiono: no habrá plata, gasté mucho en nafta, tengo que avisarle a la policía, qué molesto, y además comprarle jabón a Maggie. Pensar que podría haber seguido durmiendo.
Juan José Guerra
Esto va cada vez peor, siempre inventan algo nuevo con lo que sacarte plata de acá y de allá. Los que están en la madera se cagan de hambre y si no estás en la madera da lo mismo. Ni un hueco donde caerte muerto. Espero que esto me lo paguen bien, encima de que me gasto un kilo en nafta.
Chuck me habló de ese tipo, fue con él al secundario. No le habló más que un par de veces, mejor para él, no vaya a ser que terminara así también. Dijo tantas cosas que no sé, porque Chuck es bastante mentiroso. Contó que el padre era alcohólico y que la madre era una masoquista reprimida. El chico alguna vez se habrá visto proyectado, atendiendo un almacén pueblero, y eso le afectó, y eso lo sacó de todo. Chuck se acordaba de cuando eran adolescentes y al otro le pegaban, los muchachos, le pegaban y él nada, se desquitaba de otra forma, no con ellos, sino con todos: grafiteaba idioteces por ahí y se hacía amigos homosexuales. Sí, semejante proyección le movió toda la estructura. Y encima el Ritalin desde chico, ni 10 años tenía cuando algún sádico se lo recetó. "Sádico o benefactor", dudó Chuck. Los genes de la madre por ahí andaban rondando, mujer que una vez separada del alcohólico se consiguió otro para que la fajara. Y el pibe meta Ritalin, como flotando en una pileta de euforia hasta que le pincharon la burbuja y se vio ahí, sin familia, se encontró con que lo condenaban a Aberdeen. Casas apiladas y ridículas. Yo estuve de paso no más que unos días en ese aserradero, puedo asegurar que se me congelaban los huesos. Chuck nació en Aberdeen, no pudo haber nacido en otra parte. Él me dijo "vos pensás así porque estuviste unos pocos días". Está bien, pero el pibe de repente estuvo ahí, ya estaba de antes, sólo que ahora estaba en conciencia y probablemente en ese momento tuvo la visión de almacenero y todo se le echó a perder. Tal vez quiso demasiado, no entendió las cosas. Igual terminó como los demás, ahí está, me dijo Chuck, entra y sale de la clínica de rehabilitación, casado con otra loca, como extrañando a su madre, podrido y pudriéndose como su padre. El tipo se la pasa ganando y derrochando una plata que yo en mi vida podría juntar, no sé, quizá se olvidó de dónde salió, somos todos un enjambre de miseria. Y él ahora tiene miseria en la sangre.
Y creo que me pasé, por pensar en pelotudeces. Tenía que agarrar por esa callecita. Ah, no, ahí está. Tanta queja, tanto dolor, y mirá: una casa en este lugar hermoso, el lago ahí nomás, el bosque a cien pasos. Dejame vivir así, aunque sea en una pieza o nada más alquilame una cama, y ni sueñes que me ponga a llorar. Hay cada uno. Chuck tiene razón al menos en eso, pero él también empezó, el origen lo traiciona, me habla con un olor a whisky barato y su mirada se pierde y le pega a Linda. Parece un chiste. Ya casi estoy. Es ahí. Dos pisos, cochera. Qué linda casa, sencilla. Espero que me paguen bien ésta. Me bajo de la camioneta, agarro las cosas y toco el timbre. Nadie. Toco otra vez. Nadie. Varias veces más y lo mismo. Voy para la puerta de atrás. Está cerrada, pero algo se ve. La sala está desordenada y hay un maniquí tirado en el suelo. Más allá una escopeta. De la oreja del maniquí sale sangre.
Me voy, tropiezo con una piedra, subo a la camioneta, reflexiono: no habrá plata, gasté mucho en nafta, tengo que avisarle a la policía, qué molesto, y además comprarle jabón a Maggie. Pensar que podría haber seguido durmiendo.
Juan José Guerra
Tallerista de El Aleph
4 comentarios:
entonces ahora es cuando el momento se estanca y todo lo que mi boca conjugue se entregará a la espera de un proximo capitulo
es que me surge un silencio que no entenderías.
sí, soy yo.
justo fui a ver la exposición del taller en Chelsea cuando leyeron este cuento...me encantó... además justo ese día había terminado de leer los Diarios de Kurt.
si hablaras tan bien como escribis...tal vez hoy seria diferente......
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