13 noviembre 2006

Se va la última (Cuento)

Creo que mi gusto por el lunfardo nació por los relatos de mi padre, sobre la vida de su hermana mayor Deolinda. Ahora pasado el tiempo, ella los había sobrevivido a todos los hermanos y el único familiar con que tenía contacto era conmigo. Cuando recibí su carta, en la prolija caligrafía aprendida en la primera parte del siglo veinte, me llenó de emoción y ternura: "Sobrino, ven a buscarme al campo, quiero morir en Buenos Aires, el mis calles de la juventud, en los lugares que amo. Te espero".
Esa misma tarde viajé a las afueras del Gran Buenos Aires a buscar a Deolinda, había cumplido los noventa y nueve años hacía muy poco, en el campito que le quedaba, regalo -según mi padre-de un compadrito que lo había ganado a las cartas en el boliche "La Juventud", donde las grelas luchaban el pan. Allí se enamoró de la bella, dándole para siempre con escritura, ciento cincuenta hectáreas en el entonces desierto circundante a la Capital. A poco y por polleras, el caficio regalón, era asesinado de un tiro en la noche porteña.
Años despues, cuando la belleza se fugó con la edad, Deolinda se radicó en el campo, que a la sazón había quedado al costado de la ruta de acceso a la gran ciudad. Nunca quiso volver a la Capital.
Cuando llegué a la casa, la encontré con el mate en mano en el galpón, entre cabrestos y un recado viejo, las sogas colgando de los tirantes del techo, cueros de oveja y otros enseres de la chacra. Me sonrió con su carita curtida, enzanjada por arrugas, que a pesar de todo, no podían apagar el brillo de sus ojos celestes, ni su porsición orgullosa de vieja, pero erguida mujer.
El vecino que vió el auto, se acercó a decirme que cuidaría de todo mientras estábamos en Buenos Aires. La tía, había entrado en la casa y salió con una valija de cartón.
-Vamos- dijo, acomodándose en el asiento de mi vehículo. Saludó con la mano al vecino y clavó los ojos en el frente sin decir más.
Cuando estábamos llegando al tránsito del centro, señaló la valija y habló:
-Allí estan los pelpas del campo a tu nombre...ahora llevame al Abasto, en ese lugar tengo mis recuerdos mejores-
Cuando arribamos, le costó llegar a una mesa del patio de comidas, de pronto había dejado de lado su empeño por mostrarse fuerte.
Parecía buscar algo a su alrededor, quizás no reconocía el lugar,se sentó, sacó de su monederito de hule papel y un lapiz cortito, añoso igual que ella y se puso a escribir como si yo no estuviera. El mozo se acercó, ofreció un listado; entendió mi seña y se retiró discreto. Al rato fui al mostrador a pedir una bebida para mi y un jugo de frutas para la tía. Cuando me dí vuelta para volver a la mesa, la ví inclinada, con la cabeza apoyada en el monedero y la mano puesta en la hoja que había escrito, el lápiz, debajo de la mesa todavía se movía en un vaiven lacrimoso y solitario.
Llegamos tarde al hospital, la Tía Deolinda había muerto en el lugar de su juventud difícil, allí donde había ejercido la profesión más vieja del mundo y que ahora estaba disimulado por edificios modernos.
En la sala de espera leí lo que habá escrito:
"Andresito, ya me voy con vos y con tu fuelle, a que cantemos y bailemos un tanguito con cortes, allá donde estés.
Aquí todo es nuevo, las calles ya no estan empedradas y no se ven Mateos, no escucho la música de tu bandoneón, ni los gritos de los vendedores ambulantes. En este lugar te amé como a nadie, pero no es nuestro lugar, no hay más varones de tu laya ni mujeres de la mía; quise venir a despedirme de mi Buenos Aires y me despido de una ciudad enorme, con automoviles de lujo por millares. No quiero llorar porque me voy con vos de garufa, pero sé que nuestras cosas murieron antes que me diera cuenta. Soy feliz hoy... y arreglate el funyí, que ya voy para allá....."
Una marca descendente que dibujó e lapiz mordido en la virola, marcó el momento en que se fue, ella...la última grela.
Recordé la estrofa del tango de Ferrer y piazolla:

"Del fondo de las cosas y envuelta en una estola
de frío, con el gesto de quien se ha muerto mucho,
vendra la última grela, fatal, canyengue y sola,
taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos"



Martín Omar Gomensoro
Tallerista de El Aleph

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