| Explorando su biblioteca íntima, bajo vigilancia de María Kodama, pude ver la piel amarilla y venearble de esos libros que leía Jorge Luis Borges, sostenerlos como a criaturas de otra dimensión, y descifrar la letra firme y vacilante a la vez del Sumo Ciego cuando aún podía tomar notas en los márgenes, y apuntaba emociones, juicios, alguna idea para futuros escritos. Aquello era toda una metáfora de la pasión: el fervor de un hombre por su oficio. Ahí, respirando los aerosoles franceses que cuidan del polvillo y de la luz esta herencia de todos, me pareció escuchar la voz del Maestro: y confirmé que no era falsa modestia cuando expresaba más orgullo por lo que leyó que por lo que había escrito. Moraleja: si queremos ser mejores escritores, leamos más. |
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