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| Emma Caldironi |
Como cada mañana en su viaje en tren, la vida de Ramón se desliza también a través del tiempo.
Parado sueña con una luz que lo atraviesa y le cambia la vida.
Mientras los pasajeros suben y bajan en las estaciones, él mira sin ver .De pronto al final de vagón la ve con su abrigo amarillo, ella está levemente inclinada hacia adelante, un escote profundo le insinúa un mundo hacia el que arrojarse . Ella levanta la cabeza y lo mira, sus ojos son destellos que lo enceguecen, se levanta. Ramón la sigue y salta del tren. Ella parpadean y solo así, cuando esa luz se oculta un momento se da cuenta que se bajó en un lugar que desconoce. Ella vuelve a mirarlo y nuevamente todo desaparece alrededor.
Las tentadoras golosinas
Era buena esa vida suya en la Plaza Italia. Muchos transeúntes se apenaban al verla, pero ella estaba ducha en eso de sobrevivir y sabía sacar provecho de su simpatía, consiguiendo siempre su sustento.
Una sola cosa extrañaba de los tiempos en que vivía con su familia: las golosinas
Se desvivía por alguna cuando venían los chicos y las compartían con ella .
Por eso fue a conciencia pura cuando subió al auto de aquel flaco que le ofrecía unas delicias, no temió, subió atrás y luego de comerlas ladró de alegría.
Búsquedas
¡Qué tiene de bueno un domingo! dijo en voz alta Felipe, mientras dejaba las llaves sobre la mesa, se sacaba la pistola de la sobaquera y se desataba el nudo de la corbata.
Nadie le contestó, como era de esperarse en esa casa fría.
Él era solo un detective privado que fatigaba sus días siguiendo infieles esos estafadores del amor, que hacían sufrir sin remordimientos.
Era el anochecer del domingo.
Felipe, que lo había visto todo, no notó nada en su casa hasta que hace seis mese lo recibió un sórdido papelito diciéndole adiós.
Su mujer lo había dejado para siempre.
El sillón azul
Después de tantos años de no vivir en esa casa, con la enfermedad de su madre sintió la curiosidad de bajar al sótano. Cuando logró iluminar la escalera, la bajó con cuidado No supo si temía más la oscuridad, a las arañas o a los recuerdos.
Abajo el panorama era sobrecogedor, los muebles estaban dispuestos como en un salón de recepción, sobre ellos estaban las fotos familiares y los recuerdos de sus abuelos italianos. Sin polvo, ni arañas, parecía estar esperando a alguien que leyera los libros dispuestos sobre la mesa baja en el medio de los sillones.
Tembló en el medio de la habitación sin saber qué esperar.
Por suerte la voz de su tía Alicia la reclamó desde arriba; se dio vuelta antes de ver la sombra traslúcida que se sentó en el sillón azul.

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