Ser o no ser
El era un hombre de luz, un hombre que gozaba una libertad extrema: de día viajaba en cuanta luz hubiese, en la que fuera más provocativamente intensa o la que llamase más su atención por pequeña y sencilla. Viajaba por los postes de luz y los colectivos, por las pantallas de celulares y las lámparas de los livings, los faroles de los autos y las zapatillas de los nenes más chiquitos.
De noche sólo podía resaltar. Podía sentirse útil al fingir ser un pequeño rayo de luz que tranquilizase a una nena miedosa al colarse por un agujerito de su persiana o ayudar a una mujer a encontrar sus llaves en su desordenada cartera. Sus miradas le bastaban, sus sonrisas lo llenaban.
No podía estar un minuto en paz, debía estar acompañado por todas las luces, y de día y de noche resaltaba por doquier. Tenía absoluta libertad pero no conocía la soledad. Y cuando veía solos a otros seres, quería experimentar lo mismo. No entendía por qué la gente se alegraba al verlo, por qué disfrutaban de la compañía. El comprendía la satisfacción de acompañar a otros pero no a uno mismo.
Decidió hacerse un traje de plástico, de ése que se usa en las gafas para el sol, así podría existir para sí mismo. Podría conectarse con su yo interior, opacado por tanta luz.
Sin embargo, la gente no pudo aceptarlo, no comprendía, no estaba preparada. Las luces se sintieron despreciadas... Él no entendía bien todo eso, pero lo poco que aún lo conectaba con la realidad le decía que su plan había fallado y no había vuelta atrás. En su traje-cápsula no era ni hombre de luz ni hombre de carne y hueso, ni luz ni oscuridad...no era nada. Aislado, incomprendido, comenzó a desaparecer. Solo. Como él quería.
Unos nenes pasaron por la calle y encontraron su traje vacío. Saltaron sobre él hasta hacerlo añicos. ¿Quién quería un montón de plástico oscuro?
Natalia Canova
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