Narrativa breve y poesía
LA BICICLETA ROJA
El puestero lo pensó unos segundos y me dijo:
-Esa tendría que cobrártela a mil pesos, pero te la dejo a cuarenta.
Primero la llevé caminando, como quien siente respeto por la cosa nueva, pero en la fuente que hay al final de la Avenida Cerri me subí y empecé a pedalear. La sentí medio dura al principio, tal vez por el frío de la media tarde de otoño, aunque ahora, unas cuadras más acá, la bicicleta roja anda sola y pareciera que ella me lleve a mi y no yo a ella. Miro los árboles casi amarillos a los costados y paso un domingo tranquilo, sé que a partir de mañana tengo transporte para hacer el viaje de White a Bahía, que no voy a tener que gastar tanta plata en tarjebus y que no voy a llegar tarde al trabajo porque ahora manejo yo mis propios tiempos y no una empresa de colectivos. Quizás el puestero tiene razón, una bicicleta es como un libro, se la agarra y se la suelta cuando uno quiere, a diferencia de un auto o de una película. Y yo en ese momento pensé Claro, mucho amor pero la vende igual, vende la bicicleta de su bisabuelo polaco, porque eso me había dicho. El polaco escapó de Europa y se trajo la bicicleta en el barco.
A medida que me acerco a Avenida Colón siento el manubrio gastado y pienso, no sé si por el cielo algo nublado o por el gris del asfalto, en ese hombre. El polaco anda en bicicleta en este mismo día, hace algunos años. Hace un atardecer helado y neblinoso, los árboles están secos. Los pies pedalean rápido. Los ojos miran en todas direcciones. Hay en el aire algo marcial. Hay palidez en su cara. La frente está arrugada. Hay alguien que viene y que va a desgarrar ese atardecer frío de una ciudad de Polonia.
El hombre acelera y yo acelero. ¿Quién lo persigue? ¿Los rusos? ¿Los alemanes? Da lo mismo. Siento un auto que me corre de atrás y el polaco puede sentirlo. Cruzamos el puente y doblamos en una esquina, la calle es larga y está rota. La atravesamos hasta un descampado donde hay basura pero no sabemos qué más puede haber. Tomamos una calle a la izquierda, pero el polaco se enreda y se cae, quiero ayudarlo para apurarnos, porque ya viene, se acerca como el auto que se oye de lejos y que ahora nos pasa y nos deja solos otra vez contra el tiempo.
Estamos en Colón al fondo o también en una calle lejana donde ya oscureció y donde crece un rumor de botas viniendo y donde una bocina suena. Le quiero preguntar qué pasa pero sería idiota, es bastante claro, en el puerto hay un barco que está por zarpar, el barco que trajo a un inmigrante polaco que engendró argentinos y cuyo bisnieto vendió la bicicleta que lo está ayudando a escapar.
Desde atrás nuestro surge un camión que es casi una topadora, y ya no sé dónde sucede porque acá también oscureció y está haciendo frío. Escucho que el camión se acerca y escucho las botas y más allá la bocina que ahora son varias, y creo escuchar que el polaco me pide que vaya más rápido, como si yo ahora fuera el único que pedalea. Siento que hago esfuerzo doble, que pedaleo por los dos, y empiezo a creer que más que al polaco lo que buscan es la bicicleta.
Esquivo uno o dos autos y me interno en el camino que lleva a White. El polaco quedó medio rezagado aunque ya me alcanzará. Freno con violencia porque un auto se me cruza y eso le da tiempo al polaco, que me alcanza y dice que ahí están, que si los veo, que es un auto negro que avanza allá en el fondo. Nos apuramos como quienes se escapan del campo de batalla y acortamos camino hasta entrar a White. Yo sé y escucho que el auto negro viene y que nos alcanza.
En White hay un corte de luz (o allá en Polonia) porque las calles están oscuras. En el puerto está la bocina. Busco al auto negro y al polaco con la mirada. Nada. Nadie. Llego al muelle, pero no veo barco. Tal vez esté por llegar. O no, a lo mejor el polaco ya se subió y no tuvo tiempo para despedirse.
Hay silencio, el silencio del agua golpeando el cemento. Estoy en White, es tarde, hace frío y mañana es lunes.
Tiro la bicicleta al agua y veo cómo se hunden con ella mis cuarenta pesos y la historia de un apellido.
JUAN JOSÉ GUERRA
LA BICICLETA ROJA
El puestero lo pensó unos segundos y me dijo:
-Esa tendría que cobrártela a mil pesos, pero te la dejo a cuarenta.
Primero la llevé caminando, como quien siente respeto por la cosa nueva, pero en la fuente que hay al final de la Avenida Cerri me subí y empecé a pedalear. La sentí medio dura al principio, tal vez por el frío de la media tarde de otoño, aunque ahora, unas cuadras más acá, la bicicleta roja anda sola y pareciera que ella me lleve a mi y no yo a ella. Miro los árboles casi amarillos a los costados y paso un domingo tranquilo, sé que a partir de mañana tengo transporte para hacer el viaje de White a Bahía, que no voy a tener que gastar tanta plata en tarjebus y que no voy a llegar tarde al trabajo porque ahora manejo yo mis propios tiempos y no una empresa de colectivos. Quizás el puestero tiene razón, una bicicleta es como un libro, se la agarra y se la suelta cuando uno quiere, a diferencia de un auto o de una película. Y yo en ese momento pensé Claro, mucho amor pero la vende igual, vende la bicicleta de su bisabuelo polaco, porque eso me había dicho. El polaco escapó de Europa y se trajo la bicicleta en el barco.
A medida que me acerco a Avenida Colón siento el manubrio gastado y pienso, no sé si por el cielo algo nublado o por el gris del asfalto, en ese hombre. El polaco anda en bicicleta en este mismo día, hace algunos años. Hace un atardecer helado y neblinoso, los árboles están secos. Los pies pedalean rápido. Los ojos miran en todas direcciones. Hay en el aire algo marcial. Hay palidez en su cara. La frente está arrugada. Hay alguien que viene y que va a desgarrar ese atardecer frío de una ciudad de Polonia.
El hombre acelera y yo acelero. ¿Quién lo persigue? ¿Los rusos? ¿Los alemanes? Da lo mismo. Siento un auto que me corre de atrás y el polaco puede sentirlo. Cruzamos el puente y doblamos en una esquina, la calle es larga y está rota. La atravesamos hasta un descampado donde hay basura pero no sabemos qué más puede haber. Tomamos una calle a la izquierda, pero el polaco se enreda y se cae, quiero ayudarlo para apurarnos, porque ya viene, se acerca como el auto que se oye de lejos y que ahora nos pasa y nos deja solos otra vez contra el tiempo.
Estamos en Colón al fondo o también en una calle lejana donde ya oscureció y donde crece un rumor de botas viniendo y donde una bocina suena. Le quiero preguntar qué pasa pero sería idiota, es bastante claro, en el puerto hay un barco que está por zarpar, el barco que trajo a un inmigrante polaco que engendró argentinos y cuyo bisnieto vendió la bicicleta que lo está ayudando a escapar.
Desde atrás nuestro surge un camión que es casi una topadora, y ya no sé dónde sucede porque acá también oscureció y está haciendo frío. Escucho que el camión se acerca y escucho las botas y más allá la bocina que ahora son varias, y creo escuchar que el polaco me pide que vaya más rápido, como si yo ahora fuera el único que pedalea. Siento que hago esfuerzo doble, que pedaleo por los dos, y empiezo a creer que más que al polaco lo que buscan es la bicicleta.
Esquivo uno o dos autos y me interno en el camino que lleva a White. El polaco quedó medio rezagado aunque ya me alcanzará. Freno con violencia porque un auto se me cruza y eso le da tiempo al polaco, que me alcanza y dice que ahí están, que si los veo, que es un auto negro que avanza allá en el fondo. Nos apuramos como quienes se escapan del campo de batalla y acortamos camino hasta entrar a White. Yo sé y escucho que el auto negro viene y que nos alcanza.
En White hay un corte de luz (o allá en Polonia) porque las calles están oscuras. En el puerto está la bocina. Busco al auto negro y al polaco con la mirada. Nada. Nadie. Llego al muelle, pero no veo barco. Tal vez esté por llegar. O no, a lo mejor el polaco ya se subió y no tuvo tiempo para despedirse.
Hay silencio, el silencio del agua golpeando el cemento. Estoy en White, es tarde, hace frío y mañana es lunes.
Tiro la bicicleta al agua y veo cómo se hunden con ella mis cuarenta pesos y la historia de un apellido.
JUAN JOSÉ GUERRA
DEL OTRO LADO
La vida en Nueva Roma empezaba y terminaba en el tren.
Jugábamos frente al vagón número 10, de ahí 2 para la derecha o 2 para la izquierda.
Mi papá hacía los asados en la fiesta de aniversario del pueblo al lado del vagón 22 y la feria de los domingos se extendía desde el centro del tren, 3 vagones para cada costado.
Todo se desarrollaba en línea, a la altura de la locomotora estaba la escuela y llegando al último vagón el cementerio. El tren no partía ni llegaba, era parte de Nueva Roma.
Un sábado nos juntamos en el 11, a las 4 de la tarde, para hacer un picadito, eramos 6 o 7 pibes más o menos de la misma edad. Veníamos jugando bárbaro pero Román se mandó solo y quiso hacer el gol de su vida, con tanta mala suerte que la pelota rebotó en el gordo Pedro y fue a parar del otro lado del tren. ¡Qué macana!, a ninguno de nosotros nos dejaban cruzar ese montón de fierros oxidados que en forma de vagones se unían para separar el pueblo de vaya a saber Dios que cosa mala.
Román que era el más atrevido del grupo, después de 10 minutos de silencio se animó a decir:
- Yo voy a buscarla.
- Estás loco! Tu vieja te va a matar!. Le dijimos todos.
- Ah ... qué cosa tan terrible puede haber del otro lado? – insistió Román.
- Mi papá dice que es un bicho muy grande, peludo, verde oscuro, que se sabe que tiene dos cabezas y 3 ojos en cada una, y que los brazos son enormes! – dijo Lito y con cara de desconfianza preguntó: -Y tu mamá, Moncho, que es maestra, ¿qué dice?
- Mi vieja dice que del otro lado la tierra te chupa para adentro y no podes salir más, que es como una droga, o algo así creo, algo muy fuerte que te hace mal pero no queres parar de agarrar, dice que te quedas ciego y después te crees otro, no sé ... yo le entendí que era como una arena movediza que te tira para abajo y no podes zafar ... pero viste que a mi vieja, a veces, no se le entiende mucho!
- Mi tío siempre cuenta – se apuró a decir Carlitos- que una vez intentó cruzar y un pájaro negro con pico de pingüino lo agarró de la camisa y lo trajo de nuevo para este lado.
- ... Yo voy! - dijo Román
El gordo Pedro se metió la mano en el bolsillo y le gritó: - Esperá, tomá esta medallita de la suerte que me dio mi abuela cuando tomé la comunión!
Y ante la mirada atenta del grupo, Román subió los primeros escalones del vagón número 11, hizo 2 o 3 pasos, abrió la puerta corrediza con fuerza y la cerró de una vez sin mirar para atrás.
Teníamos tanto miedo que ni chau le dijimos, esperamos sentados en ronda durante media hora, sin hablar, y cuando ya estaba oscureciendo vimos caer la pelota del cielo justo en medio de la rueda, picó 2 veces y quedó muerta al lado de Lito. Ni la tocamos, por las dudas..., parecía no tener ni un raspón más ni uno menos del que tenía cuando empezamos el picadito pero vaya a saber uno lo que traería dentro!.
Desde ese día nos juntamos todos los sábados a la 4 frente al vagón número 11, durante varios años esperamos sentados en ronda que Román cayera del cielo como la pelota de cuero, pero nada. No sabíamos si el monstruo de dos cabezas se lo había comido o si el pájaro negro se lo había llevado a su nido y lo tenía cautivo.
Un miércoles nos despertamos y el pueblo estaba revolucionado, la gente corría, se reía, lloraba, gritaba ... del tren salía un sonido raro que se iba haciendo cada vez más fuerte, tan fuerte, tan fuerte, que se empezó a mover.
Todos frente a la estación mirábamos sorprendidos y hasta emocionados. Y cuando terminó de pasar el último vagón se pudo ver...
Una ciudad como la de las películas nacía al otro lado de la vía, con edificios altos, algunos con dos torres, puentes, luces, y hasta una nube de humo por encima que parecía abrazar el lugar.
JORGELINA FILINICH
TANGO Y LUNA
A muchos les molestaba, pero igual había algunas personas que aún tenían un poco de tiempo entre paso y paso, y se dejaban emocionar un rato por ese viejo acordeón. El primer hombre que se paró cinco minutos para escuchar, tenía puesto un traje. En sus manos llevaba un maletín, mientras que las manitos de enfrente tocaban un tango que parecía partir al mundo en varios pedazos. El hombre siguió caminando y durante media hora nadie volvió a prestarle atención a aquel rincón de la estación, o por lo menos nadie demostró hacerlo.
Eran las 8 y el pibe no había parado de tocar ni un segundo. Tenía los ojos cerrados y el acordeón le sonaba solo, como si èl y esa música que no dejaba de llorar, fueran dos marionetas. Estaba sentado en el piso, ocupaba no mas de siete baldosas, y lo escoltaban de ambos lados algunos perros que lo escucharon desde que empezó a tocar hasta que guardó todo y se fué.
Cerca de las 9 ya era de noche y había salido una luna inmensa, de esas medio coloradas que se van haciendo de a poco cada vez mas chicas y que van subiendo hasta llegar a algún punto del cielo en el que se quedan blancas y brillan mucho.
Debajo de la luz de un farol que todavía nadie había roto, el chico seguía tocando y a unos metros suyos ya se había formado una fila de personas que tomarían el tren en unos minutos. Las puertas de los vagones se abrieron, y empezó a subir la
gente. Una nena se soltó de la mano de una señora y para la sopresa de toda la fila, corrió hasta donde estaba sonando la música. La señora, que parecía ser su mamá, la fué a buscar rezongando, después subieron al tren y la nena todavía tenía en la cara una expresión hermosa de admiración, como si hubiera visto algún superhéroe o a un personaje maravilloso.
Mas tarde partió el tren y ya casi no quedaba gente en la estación. El pibe del acordeón dejó de tocar, le pasó un trapito a las teclas con mucho cuidado, y después lo guardó en un estuche algo gastado. Se paró él y después los perros, y cada cual se fue por su lado, dejando en ese rincón todo el tango del mundo, hasta el día siguiente.
CLEMENTINA ZIVANO
A muchos les molestaba, pero igual había algunas personas que aún tenían un poco de tiempo entre paso y paso, y se dejaban emocionar un rato por ese viejo acordeón. El primer hombre que se paró cinco minutos para escuchar, tenía puesto un traje. En sus manos llevaba un maletín, mientras que las manitos de enfrente tocaban un tango que parecía partir al mundo en varios pedazos. El hombre siguió caminando y durante media hora nadie volvió a prestarle atención a aquel rincón de la estación, o por lo menos nadie demostró hacerlo.
Eran las 8 y el pibe no había parado de tocar ni un segundo. Tenía los ojos cerrados y el acordeón le sonaba solo, como si èl y esa música que no dejaba de llorar, fueran dos marionetas. Estaba sentado en el piso, ocupaba no mas de siete baldosas, y lo escoltaban de ambos lados algunos perros que lo escucharon desde que empezó a tocar hasta que guardó todo y se fué.
Cerca de las 9 ya era de noche y había salido una luna inmensa, de esas medio coloradas que se van haciendo de a poco cada vez mas chicas y que van subiendo hasta llegar a algún punto del cielo en el que se quedan blancas y brillan mucho.
Debajo de la luz de un farol que todavía nadie había roto, el chico seguía tocando y a unos metros suyos ya se había formado una fila de personas que tomarían el tren en unos minutos. Las puertas de los vagones se abrieron, y empezó a subir la
gente. Una nena se soltó de la mano de una señora y para la sopresa de toda la fila, corrió hasta donde estaba sonando la música. La señora, que parecía ser su mamá, la fué a buscar rezongando, después subieron al tren y la nena todavía tenía en la cara una expresión hermosa de admiración, como si hubiera visto algún superhéroe o a un personaje maravilloso.
Mas tarde partió el tren y ya casi no quedaba gente en la estación. El pibe del acordeón dejó de tocar, le pasó un trapito a las teclas con mucho cuidado, y después lo guardó en un estuche algo gastado. Se paró él y después los perros, y cada cual se fue por su lado, dejando en ese rincón todo el tango del mundo, hasta el día siguiente.
CLEMENTINA ZIVANO
OTOÑAL
(Cuando después de muchos años se vuelve a la poesía, es para cantar, sin duda, una canción triste y con la voz quebrada, árida de belleza, árida de estrellas y de lluvias).
Pareció un amanecer y fue un relámpago.
Pareció una primavera y fue un otoño.
Pareció una nueva vida.
Y no fue nada.
Todo muere un día.
Las hojas empiezan a caer.
A enlodecer las calles.
Los senderos secretos. Los caminos eternos.
El frío se cuela por la boca, y penetra sin ventanas.
Las noches son de escarcha sobre las flores lívidas.
Los espejos esperan empañados nuestra imagen borrosa.
Espíritu de silicio enmohecido.
Informes atrapados en la verdad de arena.
ELDA MONTIEL
Gladis López Riquert
UNA NOCHE
Pareció un amanecer y fue un relámpago.
Pareció una primavera y fue un otoño.
Pareció una nueva vida.
Y no fue nada.
Todo muere un día.
Las hojas empiezan a caer.
A enlodecer las calles.
Los senderos secretos. Los caminos eternos.
El frío se cuela por la boca, y penetra sin ventanas.
Las noches son de escarcha sobre las flores lívidas.
Los espejos esperan empañados nuestra imagen borrosa.
Espíritu de silicio enmohecido.
Informes atrapados en la verdad de arena.
ELDA MONTIEL
Yo me acuerdo muy bien del último cumpleaños de la tía Enriqueta. Lo único que quedó fue esa foto de la mesa en el patio, que alguno sacó antes del festejo. Todos insistieron en celebrar a lo grande. ¡Grande era la tía Enriqueta que confundía a su hermana con su hija y a su hija con su mamá! Para qué diablos lo querían festejar. Y con globos y regalos absurdos. Mi cuñada, la Sofi, le regaló un collar con piedras de colores, y la pobre Enriqueta creyó que eran confites y se los comía. Y el tío Oscar le trajo un frasco de perfume. Cuando nos descuidamos la vieja tenía la cabeza toda mojada con un olor espantoso a esa fragancia barata. Yo aproveché y no le regalé nada; si ella ni se avivaba. Esa plata hacía más falta para una docena de pañales o para la comida. Pero no, el festejo, el festejo. Y para rematar: un mago. ¡Sí, un mago! Les dije que magia había que hacer con la tía Enriqueta para pagar los remedios y la enfermera que venía a bañarla. Y ellos, que no, que este mago cobraba barato, que era recomendado, que traía un ayudante… Bueno: esa parte se cumplió; lo del ayudante, digo. El pibe fue el que nos encerró en el dormitorio apuntándonos con un bufoso mientras el mago hacía desaparecer todo lo que se afanaron de la casa.
Gladis López Riquert
GUARDIA DE CENIZA
Después de dos años Renato volvía a su casa . Se cuidó de llegar a la hora de la siesta, cuando el barrio entero dormía. Sigilosamente abrió la puerta. Las bisagras oxidadas dieron el alerta y desde el dormitorio su esposa Jacinta gritó : '¿Quién anda? ¡Quién anda!'. Renato se paralizó. La mujer otra vez estaba haciendo de las suyas. Entonces subió resignado la polvorienta escalera, entró sin golpear, levantó las sábanas y se acostó. En el dormitorio no había nadie.
Diego Lanis
RECURSOS
Pensativo, calculó su próximo movimiento: “Tengo que optimizar el uso de los recursos, minimizar los costos y mejorar la calidad del producto”. Como se sabe, le bastó con una costilla de Adán para lograrlo.
Ana María Villalobos
UN MIEDO EXTREMO
La justicia por fin se expidió. Era el día, llegaba la hora. Iván esperaba en su celda. Pasó muchos años en prisión pero no estaba preparado para lo que seguía. Nadie nunca está listo para esto, pensó. Se levantó del camastro. Se acercó a la reja. Recordaba cuando era bebé, agarrado a los barrotes de su cuna, en tiempos en que tenía mamá y papá y un futuro. Movió la cabeza para deshacerse de esas imágenes porque la angustia le subía del estómago a la garganta. Se abrió la celda y lo sacaron. Mientras caminaba por el corredor se preguntaba si alguien allí lo echaría de menos, y sentía lo absurdo de ir esposado. ¿Adónde iba a ir? Se abrió la última puerta. Iván entró en pánico. Los guardias lo asistieron tratando de controlar su agitación. Cuando se recompuso dejó el penal pero estuvo un largo rato mirándolo inmóvil desde la vereda de enfrente.
Celina Costa
RUNDÚN
Pablito habla solo frente al espejo.
-¿Con quién hablás? - pregunta la madre.
-Con mi amigo Rundúm, pero vos no lo ves porque ya se fue -contesta.
-Imaginación infantil -piensa la madre.
Un día cuando Pablito no está en la casa, el marido encuentra a su mujer hablando sola frente al espejo y pregunta:
-¿Con quién hablás?
-Con Rundúm, pero vos no lo ves porque ya se fue -responde ella.
Sensibilidad femenina –piensa el hombre.
Al tiempo el padre mira hacia el jardín y ve a un niño desconocido que habla solo. Se acerca y le pregunta:
-¿Podés decirme quién sos vos?
-Rundúm –dice el chico.
-¿Y con quien hablás?
-Con tu mujer y con tu hijo. Pero vos no los ves porque ya se fueron…
Mabel Fredes
Mabel Fredes
SERENA PÌEDAD
El viento se había detenido. No quería desparramar desilusión.
Silvia Cadile
REENCUENTRO
Los hermanos viajan en silencio. Cada uno a solas con sus preguntas:
- Diez años sin saber nada de él ¡y justo ahora reaparece!
-¡Qué carajo le habrá pasado! La verdad, me jode este viaje.
-Tuve que pedir permiso en la oficina, pero ¿para qué? El eligió su vida; ¡no entiendo por qué le hice caso a mi hermano y vine! Si esto fuera grave nos habrían dicho.
-¡Menos mal que Marisa me acompaña; no sé cómo me las arreglaría solo! ¿Cómo estará el viejo?
Después, las palabras resuenan en la cabina del automóvil:
-¿Qué opina tu mujer de esta situación?
-Nada, ¡qué va a opinar si ni lo conoce al viejo! ¿Y tu marido?
-Gastón no entiende por qué vine. Yo tampoco lo entiendo.
-¡Es nuestro padre! Más allá de la bronca que tengamos, sigue siendo el viejo. Yo quiero saber cómo está. Además podremos aclarar unas cuantas cosas.
-Sí, cuando se mandó a mudar no pensó ni en vos, ni en mí, ni en mamá. Simplemente se borró y en diez años no supimos más de él.
-¡Ya éramos mayores de edad, Marisa! Y mamá después se guardó su tristeza y nunca habló del tema. Simplemente continuó viviendo…
-Pero a nosotros no nos dijo nada. ¡Y yo quiero saber por qué!
-Llegamos. Ahora nos va a poder explicar esta larga ausencia.
Los hermanos entran en el hospital y preguntan:
-Buenos días. Nos avisaron que Hugo Benítez está internado acá.
-Ah, sí. Ya llamo al doctor.
El médico de guardia les habla con parquedad:
-¿Ustedes son los familiares? Pasen a verlo; ha recobrado la conciencia.
-¿Puede hablar?
-Entren por favor: el estado es crítico; son sus últimos momentos.
Braulio Senda
UNA NOCHE
- Nunca pensé que iba a ser tan difícil –dice Ana temblando.
- Tranquila, amor; ya se acabó - la consuela Pablo.
Están tendidos en la arena, borrachos de vino y de pasión.
Hacen el amor como si fuera la última vez.
Saben que el cadáver del marido de Ana fue descubierto.
Los perros de la policía ladran cerca.
Gladys Abilar
DESNUDO
La mujer posa en el taller del pintor. Esta vez el artista le ha pedido que se desnude.
-Hoy más que nunca necesito que estés concentrada -dice él.
Poco a poco el cuerpo femenino toma forma en la tela.
-Sé que vas a enojarte, pero debo salir un momento— pide la modelo.
-¿Salir? ¿No me entendiste? ¿Qué te pasa?
-¿No te ha pasado sentir una mirada clavada en la nuca? Temo que mi hija me haya seguido.
La mujer se viste y entreabre la puerta. Caído en la vereda, un osito de peluche la mira.
Teresita Saint Esteben
Teresita Saint Esteben


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