16 noviembre 2006

La luna en pedazos (Cuento)

El Gigantesco yate “La nueva Rapsodia” parecía haberse tragado de un bocado todas las luces del cielo; nadie notó el leve vaivén que lo alejaba más y mas de la costa porque la fiesta organizada por el ojo clínico y vengativo de Marcos Giralda era mas importante. La sociedad perfecta, el teatro de dientes limpios y trajes de Rey Midas y “Que mundo este” dicho desde un lugar que no es el mundo, todo estaba calculado.
En la rampa, un mayordomo pétreo sostenía una bandeja con el champan de bienvenida y un “Gracias” tirado al aire para que alguien lo junte descontaba una y otra copa hasta que se terminaban. El Sr. Giralda los recibía luego con reverencias y buenos gestos que eran correspondidos con mejores palabras y deseos y elogios verdes de toda una vida. Afuera, como siempre, la ciudad se arrastraba, pero “la nueva rapsodia” estaba de fiesta, extraña fiesta en que la verdad se transformó en un bichito diabólico y hambriento.
El pequeño salón del barco, duplicado por las ventanas, se llenó entonces de ese discreto ronroneo de personas civilizadas, de ese desparramo de cumplidos y risas que siempre tienen las sociedades frágiles. Las copas levantadas chocaban una y otra vez para que se mezclen los venenos.
La señora Márquez hablaba con sus manos y cada tanto hacía pequeños movimientos con la nariz, nariz filosa que alguien supo pulir hasta lo que ella llama perfección, hablaba y contaba su currículo de bondades a otras dos mujeres que ejercían muy bien la expresión de los atentos.
-Son animalitos, vio, una quiere ayudarlos pero ellos no se dejan- decía a sus interlocutoras.
-Claro, hay que dejarse- contestaban sus interlocutoras casi a dúo para luego toser champan de la risa.
Un hombre muy serio aseguró haberse alegrado por la rápida recuperación de Giralda que hacía dos meses había sido traicionado pero negocios son negocios y mejor una palmadita en el hombro porque “Los pisados son pasado”.
Un poco mas atrás, dos hombres fumaban habanos, haciendo figuritas de humo que se desvanecían en lo que dura un soplido. Discutían sobre política pero opinaban lo mismo, después de todo eran como hermanos porque uno siempre se preocupó por el otro, uno siempre atento al otro, a sus aciertos pero mucho mas a sus desaciertos, a sus victorias, al humo informe que parecía abrazarlos.
-Sírvase amigo- dijo uno de los dos con un gesto fraternal a un recién llegado que copa en mano buscaba alguna pista donde aterrizar.
-No fumo-contestó el recién llegado -pero si usted lo dice. Y acto seguido tomó uno de los habanos con delicadeza. ¿Tiene fuego?, pregunto, pero ya tenía la llama azulina casi en frente de su nariz.
La reunión era un verdadero despliegue de cumplidos y panzas llenas, claro que afuera las cosas eran muy distintas, afuera ya no había rampa ni tierra firme, ya no había puerto; solo oscuridad, la calma del mar, y la luna partiéndose en pedazos por las olas.
Cuando se apagaron las luces y “un mundo maravilloso” empezó a sonar, nadie dudó, todos se miraban o se imaginaban con expresiones de asombro, afirmaban con la cabeza y aprobaban lo que vendría, estaban seguros que empezaría un gran show. Por su puesto nadie sospechó que el show era solo una extraña manifestación de la verdad, una inducción a algo, ellos serían el único show.
La voz por los altoparlantes fue muy clara: El Barco se hunde. Todos rieron y hasta se escuchó el aplauso de un ebrio que ya se había cansado de tanto misterio y quería luces y más noche de gala.
La voz nuevamente: El Barco se hunde, tengan a bien dirigirse a los botes salvavidas.
Una de las mujeres dejó caer su copa vacía porque sin luz las ventanas ya no eran espejos y afuera la oscuridad venía con malas noticias.
El grito de la mujer también fue muy claro a pesar del temblor de labios: Estamos en alta mar.
El Sr. Giralda era un hombre vengativo y ahora solo quedaba mirar.
La sociedad mas civilizada se convirtió entonces en la más vulgar expresión del caos y para esto no hay como aquella naturaleza humana, ahora desnuda, ahora sin trajes ni habanos de la habana.
Los saludos se convirtieron en golpes de pensados “sálvese quien pueda o sea yo”, las copas en espadas, y todo valía para ganar el premio final, todo valía para apoderarse del único bote que el señor Giralda les había dejado.
Es curioso, pero aquella noche nadie murió ahogado. Todo duró veinte minutos, y por su puesto que el “Nueva rapsodia” nunca se hundió, solo desapareció como lo hace un barco fantasma, flotando sin rumbo en una nube de niebla, muy lejos, donde la luna se rompe en pedazos.

Pablo Martínez
Tallerista de El Aleph

2 comentarios:

Benjamin H dijo...

se me despedazó el cráneo al escuchar este cuento, volví tantas veces como en círculos

Anónimo dijo...

MARCELO CH.OPINA:
muy bueno el cuento, la narrativa de Pablo, sigue teniendo "refrescante" poesía disuelta.